miércoles, 13 de junio de 2007

NADIE EN CASA.


Las voces se escaparon por la puerta. Me dejaron sola. Al principio no se oye, pero inevitablemente comienza a crujir el interior. Se desenvuelve con lentitud a través de los abismos que traspasan mi umbral. Y remonto vuelo. Planeo mientras los pies danzan sueltos con mis ojos cerrados. Es tiempo de que el resto del espacio se expanda sobre las formas en que fijo mi mente. Las figuras descienden con lentitud hasta una lejanía donde los colores pierden su identidad. Ya estoy libre de ataduras. Dispongo de sueños para elegir que me producen oleadas de vahídos. Las ideas se pliegan hacia dentro con dolor. Abandono las máscaras y nuevos azules me pintan la cara. Me desnudo. Presiento arrugas en mi cuerpo que transpiran tiempo y se mezclan con el sabor de las lágrimas que precipitan. No hay puertas. Me caigo y mi cuerpo desmembrado forma un mandala que será la llave para romper estos ecos del vacío que me rodean y me pierden. Crecen y se desarrollan dentro, nuevas aristas. Algunas rectas livianas, otras curvas pesadas que se desprenden siguiendo una melodía y apenas se separan de mi piel, me disgrego en diásporas espiraladas y fuera de control. Una niebla, reveladora me conecta con aquel lugar. Encuentro un foco. Un espejo en el aire, me devuelve la cabeza abierta desatando mariposas, las manos con dedos de pájaros y los pies con raíces de tierra. Vuelven las voces afuera. Un remolino de fantasmas se introduce con violencia y vértigo por todos las rendijas, mi cuerpo se convulsiona y comienza a desconstruirse. Alguien regresó a casa.

Lula.

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